Se acerca el final del encuentro de una tarde que me gustaría poder congelar y revivir, o repasar, tantas veces como me dé la gana. Sin embargo, el reloj marca las siete y me tengo que ir, salir de la burbuja donde me meten tus manos, tus sábanas, tus chistes y tus besos, para volver a una realidad donde solo te tengo unas pocas horas que no me alcanzan para derretirme tanto como me gustaría, pero que igual valen (mucho mucho) la pena, aunque la única pena sea tener que partir de brazos.
Me abrigo con cierta pesadez pero al darme vuelta estás mirándome como la primera vez que me viste atarme el pelo, o la primera vez que me desperté a tu lado, la misma mirada que me dás cuando la película te aburre y preferís escrutar mi cara sin pudor alguno: esa mirada donde las comisuras de tu boca se curvan hacia arriba y tus párpados se ablandan, y la suavidad de tu piel se hace más evidente. Se me imposibilita no sentir cierto rencor porque ¿cómo puede alguien apaciguarme tanto con sólo observar cómo me pongo una campera?
Veo que tomás la llave fuerte, abrís la puerta, y en unos segundos estamos afuera. Mi cabeza se pierde pensando en que se está haciendo de noche y está fresco, hasta que siento tu mano deslizarse en la mía y todo se estabiliza.
Son casi cuatrocientos metros los que nos separan de esa esquina donde el colectivo dolorosamente me arranca de vos. Pero todavía falta, todavía puedo disfrutar de tu compañía unos minutos más.
Caminamos lento charlando de cualquier cosa: lo que pasó ayer, la canción que escuchaste la semana pasada y que me decís que busque pero que se me va a olvidar antes de llegar a casa y será otro problema porque pensas que no me interesa aunque sí lo haga, el perro del vecino, la lluvia de mañana. Tu voz corre y corre sin dar tregua -sos capaz de hilar seis temas en menos de un minuto-. Mientras todo esto me atraviesa las ideas, suelto una risita y vos dejás de hablar para mirarme y darme un beso en el cachete, que hace que la temperatura me suba (lo cual es muy útil porque tengo frío) y me ponga un poco colorada.
Doscientos metros. Una señora sale apurada con una bolsa de hacer las compras, otro señor baldea la vereda. El cielo cambia a anaranjado en menos de dos minutos y vos arrancás una flor de una casa cualquiera que automáticamente va a parar a mi pelo. Levantás mi mano (que aún está pegada a la tuya) y le das un beso, y adentro mío vuelvo a sentir esa caricia extraña que me revolotea sin cesar entre el estómago y el pecho.
Cruzamos la calle, solo quedan quince metros que nos separan de esa esquina -nuestra esquina-. En un pestañeo finalmente nos paramos allí a esperar. Me abrazás y agradezco no solo el mimo y la bocanada de tu perfume dulce, sino también el calor. No te quiero soltar. No importa que se haga tarde, no quiero, no puedo. Pero lentamente te alejás, y cuando te volves a acercar, el fervor me quema en los labios. Me agarrás la cintura sin cuidado, sabés cómo hacerlo: me acercás sin reparo, no te importa que nos vean. Y al abrir los ojos, ahí está esa mirada de nuevo. Inmediatamente mi mano te revuelve el pelo y baja lentamente hasta tu mejilla. Doblás la cabeza para mantener el contacto; sé que te gusta, te calma ese dolorcito interior de la incertidumbre y la lejanía que me rodean, y me parte en billones de pedacitos tener que dar un paso atrás cuando escucho que se acerca el colectivo. Infernal transporte, hace que me dés otro beso rápido antes de subir y alejarme de vos, otra vez. En ese segundo en que realizo la mecánica acción de pagar el boleto y sentarme, busco tu imagen a través de la ventana. Ahí estás, saludandome con la mano. Hago lo mismo mientras esa vista se aparta al doblar la esquina. Y da igual si estoy volviendo a casa, acabo de salir de mi hogar.
Me abrigo con cierta pesadez pero al darme vuelta estás mirándome como la primera vez que me viste atarme el pelo, o la primera vez que me desperté a tu lado, la misma mirada que me dás cuando la película te aburre y preferís escrutar mi cara sin pudor alguno: esa mirada donde las comisuras de tu boca se curvan hacia arriba y tus párpados se ablandan, y la suavidad de tu piel se hace más evidente. Se me imposibilita no sentir cierto rencor porque ¿cómo puede alguien apaciguarme tanto con sólo observar cómo me pongo una campera?
Veo que tomás la llave fuerte, abrís la puerta, y en unos segundos estamos afuera. Mi cabeza se pierde pensando en que se está haciendo de noche y está fresco, hasta que siento tu mano deslizarse en la mía y todo se estabiliza.
Son casi cuatrocientos metros los que nos separan de esa esquina donde el colectivo dolorosamente me arranca de vos. Pero todavía falta, todavía puedo disfrutar de tu compañía unos minutos más.
Caminamos lento charlando de cualquier cosa: lo que pasó ayer, la canción que escuchaste la semana pasada y que me decís que busque pero que se me va a olvidar antes de llegar a casa y será otro problema porque pensas que no me interesa aunque sí lo haga, el perro del vecino, la lluvia de mañana. Tu voz corre y corre sin dar tregua -sos capaz de hilar seis temas en menos de un minuto-. Mientras todo esto me atraviesa las ideas, suelto una risita y vos dejás de hablar para mirarme y darme un beso en el cachete, que hace que la temperatura me suba (lo cual es muy útil porque tengo frío) y me ponga un poco colorada.
Doscientos metros. Una señora sale apurada con una bolsa de hacer las compras, otro señor baldea la vereda. El cielo cambia a anaranjado en menos de dos minutos y vos arrancás una flor de una casa cualquiera que automáticamente va a parar a mi pelo. Levantás mi mano (que aún está pegada a la tuya) y le das un beso, y adentro mío vuelvo a sentir esa caricia extraña que me revolotea sin cesar entre el estómago y el pecho.
Cruzamos la calle, solo quedan quince metros que nos separan de esa esquina -nuestra esquina-. En un pestañeo finalmente nos paramos allí a esperar. Me abrazás y agradezco no solo el mimo y la bocanada de tu perfume dulce, sino también el calor. No te quiero soltar. No importa que se haga tarde, no quiero, no puedo. Pero lentamente te alejás, y cuando te volves a acercar, el fervor me quema en los labios. Me agarrás la cintura sin cuidado, sabés cómo hacerlo: me acercás sin reparo, no te importa que nos vean. Y al abrir los ojos, ahí está esa mirada de nuevo. Inmediatamente mi mano te revuelve el pelo y baja lentamente hasta tu mejilla. Doblás la cabeza para mantener el contacto; sé que te gusta, te calma ese dolorcito interior de la incertidumbre y la lejanía que me rodean, y me parte en billones de pedacitos tener que dar un paso atrás cuando escucho que se acerca el colectivo. Infernal transporte, hace que me dés otro beso rápido antes de subir y alejarme de vos, otra vez. En ese segundo en que realizo la mecánica acción de pagar el boleto y sentarme, busco tu imagen a través de la ventana. Ahí estás, saludandome con la mano. Hago lo mismo mientras esa vista se aparta al doblar la esquina. Y da igual si estoy volviendo a casa, acabo de salir de mi hogar.