sábado, 22 de junio de 2019

Línea 501, recorrido 34.

Se acerca el final del encuentro de una tarde que me gustaría poder congelar y revivir, o repasar, tantas veces como me dé la gana. Sin embargo, el reloj marca las siete y me tengo que ir, salir de la burbuja donde me meten tus manos, tus sábanas, tus chistes y tus besos, para volver a una realidad donde solo te tengo unas pocas horas que no me alcanzan para derretirme tanto como me gustaría, pero que igual valen (mucho mucho) la pena, aunque la única pena sea tener que partir de brazos.
Me abrigo con cierta pesadez pero al darme vuelta estás mirándome como la primera vez que me viste atarme el pelo, o la primera vez que me desperté a tu lado, la misma mirada que me dás cuando la película te aburre y preferís escrutar mi cara sin pudor alguno: esa mirada donde las comisuras de tu boca se curvan hacia arriba y tus párpados se ablandan, y la suavidad de tu piel se hace más evidente. Se me imposibilita no sentir cierto rencor porque ¿cómo puede alguien apaciguarme tanto con sólo observar cómo me pongo una campera?
Veo que tomás la llave fuerte, abrís la puerta, y en unos segundos estamos afuera. Mi cabeza se pierde pensando en que se está haciendo de noche y está fresco, hasta que siento tu mano deslizarse en la mía y todo se estabiliza.
Son casi cuatrocientos metros los que nos separan de esa esquina donde el colectivo dolorosamente me arranca de vos. Pero todavía falta, todavía puedo disfrutar de tu compañía unos minutos más.
Caminamos lento charlando de cualquier cosa: lo que pasó ayer, la canción que escuchaste la semana pasada y que me decís que busque pero que se me va a olvidar antes de llegar a casa y será otro problema porque pensas que no me interesa aunque sí lo haga, el perro del vecino, la lluvia de mañana. Tu voz corre y corre sin dar tregua -sos capaz de hilar seis temas en menos de un minuto-. Mientras todo esto me atraviesa las ideas, suelto una risita y vos dejás de hablar para mirarme y darme un beso en el cachete, que hace que la temperatura me suba (lo cual es muy útil porque tengo frío) y me ponga un poco colorada.
Doscientos metros. Una señora sale apurada con una bolsa de hacer las compras, otro señor baldea la vereda. El cielo cambia a anaranjado en menos de dos minutos y vos arrancás una flor de una casa cualquiera que automáticamente va a parar a mi pelo. Levantás mi mano (que aún está pegada a la tuya) y le das un beso, y adentro mío vuelvo a sentir esa caricia extraña que me revolotea sin cesar entre el estómago y el pecho.
Cruzamos la calle, solo quedan quince metros que nos separan de esa esquina -nuestra esquina-. En un pestañeo finalmente nos paramos allí a esperar. Me abrazás y agradezco no solo el mimo y la bocanada de tu perfume dulce, sino también el calor. No te quiero soltar. No importa que se haga tarde, no quiero, no puedo. Pero lentamente te alejás, y cuando te volves a acercar, el fervor me quema en los labios. Me agarrás la cintura sin cuidado, sabés cómo hacerlo: me acercás sin reparo, no te importa que nos vean. Y al abrir los ojos, ahí está esa mirada de nuevo. Inmediatamente mi mano te revuelve el pelo y baja lentamente hasta tu mejilla. Doblás la cabeza para mantener el contacto; sé que te gusta, te calma ese dolorcito interior de la incertidumbre y la lejanía que me rodean, y me parte en billones de pedacitos tener que dar un paso atrás cuando escucho que se acerca el colectivo. Infernal transporte, hace que me dés otro beso rápido antes de subir y alejarme de vos, otra vez. En ese segundo en que realizo la mecánica acción de pagar el boleto y sentarme, busco tu imagen a través de la ventana. Ahí estás, saludandome con la mano. Hago lo mismo mientras esa vista se aparta al doblar la esquina. Y da igual si estoy volviendo a casa, acabo de salir de mi hogar.

miércoles, 12 de junio de 2019

Física poco convencional.

La física que nos unió
tiempo, espacio, conexión,
calles y senderos,
el blanco y negro y algún bajón,
mecánica y oscilación.
Viaja en el vacío la luz,
¡te dije que eras un sol!,
choca en ocho minutos en tu piel,
llego a tu casa y me sonrojo,
en ocho minutos también
Objeto masivo y centro de atracción
un abrazo, un beso,
transferencia de energía por inducción,
cosquillas, ¡te espero!,
y en tu carita, reflexión.
Cargas positivas se repelen,
caminando de la mano,
velocidad, sin aceleración,
no queda nada, y en el vacío
la luz se propaga sin dirección.
En ocho minutos,
¡esperame!,
llego y toco tu piel,
con ese calor que irradia,
y vos sos!) el sol.

domingo, 2 de junio de 2019

Nada más.

Ya no te amo. En este tiempo entendí que amarte nos lastimaba más que no hacerlo, y aunque por momentos te extrañe, ansíe el calor dulce de tus abrazos y la suavidad de tus besos, muy dentro de mí sé que llevarlo a más, y amarte, nos hace sufrir más que no tenernos. Por mi parte no quiero ser más lo que te arañe los brazos y te deje sin aliento, o te estaquee en la cama la mañana de un sábado, o te presione el pecho impunemente. No es mi intención hacerte sufrir, por mucho que me hayas hecho llorar vos. No te amo y no es porque no tenga el deseo de hacerlo, ni porque no me gustes, ni porque no lo merezcas. Todo eso pasa, y aún así decido no amarte como terapia, porque amarte me lastima más de lo que me cura, y aunque vos no tengas la culpa, sino mi amor tonto y desequilibrado, elijo dolorosamente no amarte, por el bien de los dos.
Hace un tiempo que no te veo de la misma forma. Que no te busco en sueños ni miro tu cara en las fotos que guardo al final del cajón de la mesita de luz. Vos te merecés que te amen, y yo ya no lo hago, y quizá por eso yo merezco el hielo de tu lado. Pero también merezco que me amen como vos no lo hiciste, ni como vos lo haces. Te quiero hasta el punto en que la sangre entra en ebullición, allí donde se evapora y se convierte en el humo que nos dispersa las ideas y nos enamora desde el inicio hasta el final de nosotros mismos. En ese mismo punto está el abismo, y aunque miles de veces lo haya hecho, hoy decido no saltar en él; me voy a quedar en el borde esperando a sentirme mejor, y aunque quizá en otro momento decida saltar de nuevo, hoy estoy segura de que lo único que quiero es sentarme a mirar el paisaje, y pedirte que vos tampoco saltes por ahora, porque no me gusta verte estampado al final del vacío.
Lamentablemente una parte de mí siempre va a necesitar tu cercanía, porque quedaste grabado a fuego lento y cicatrices en mi interior. Sin embargo, me enorgullezco de decir que ya no te amo, que el sentimiento se extinguió en nuestro último beso en la frente, en nuestra última carta, en esa última vez que te tuve en frente a la vuelta de tu casa. Ya no me quedan comodines para jugar, no tengo monedas para apostarle a esto en lo que voy sola mientras a vos te acontece algo más importante, me quedé sin suspiros para dedicarte y se me vació el tanque de nafta como para ir a buscarte a donde vos mismo decidiste ir a parar. Ya no te amo y, aunque mis ganas de apretarte y pegarme a vos siguen siendo las mismas, esto que siento, sanador, me deja parada en el inicio, en la Tierra de la rayuela, donde todavía puedo tirar la piedrita y llegar a un Cielo donde las nubes no tengan el color de tu piel y el Sol no brille con la misma intensidad que tu sonrisa. No te amo, mi amor, porque me cansé de desgarrarme y luchar por una causa que no merece mi fuerza, ni mi voluntad. Y vos no sé, nunca terminé de saber. Te prometo que aunque no te ame, puedo sostener tu mano a los lejos, pero sin el apretón en el pecho de que te quiera más de lo necesario, porque ahí es donde los errores vuelven y el amor busca echar raíces de barro seco y no de semillas. Aún me quedan fuerzas, pero ya no puedo sostener tu alma dentro tuyo, porque quiero que el no amarte sea sanador para los dos, y yo estoy cansada de darte todo mientras de tu lado a duras penas llegan migajas. Espero que en algún futuro el amarte no me lastime como si tuvieses espinas alrededor, que esas mismas migajas se conviertan en abrazos bajo un jacarandá, aunque dudo que quieras y elijas volver a ocupar el lugar en mi interior que siempre va a tener tu nombre. Sin embargo, no te amo, y no me corresponde a mí arreglar las partes que no rompí. Quizá ese haya sido mi error en primer lugar, pero ya no sirve marcarlo, porque ya no te amo y no hay nada que puedas ahora (en este preciso instante que puede durar lo mismo que un suspiro, un invierno o una eternidad) hacer para cambiarlo.

domingo, 26 de mayo de 2019

Molestias.

Me molesta tu amor.

Me molesta que tu amor siga llegándome hasta el fondo. Que me abrace, que no le haga asco a mis lágrimas de cocodrilo, que me prepare un matecocido cuando estoy triste, que me acaricie el pelo y me masajee la espalda cuando estoy tensa, que me haga cosquillas cuando no lo espero.

Me molesta tu amor que sigue haciéndome reír, pero también llorar. Que me mira a los ojos y me da besos en las mejillas, que me abraza, que me coge sabiendo cómo me gusta, que me aprieta, que me muerde suavemente, que no me pide nada a cambio.

Me molesta tu amor que me tiene paciencia, que me lame las heridas, que me cuida cuando me enfermo, que busca hacerme sentir bien cuando todo está mal, que me alienta a lograr más, que me levanta cuando me caigo de cara al suelo.

Me moleta tu amor que hace que los días sean soleados, que me abre el paraguas cuando llueve, que me lleva de la mano a algún lugar seguro antes de la tormenta, que me da calor cuando tengo frío, que me visita de noche para arroparme y desearme dulces sueños.

Me molesta tu amor despreocupado y simple, que no espera nada a cambio. Tu amor perspicaz, que sabe cómo me siento antes de que se lo diga. Tu amor empecinado a quererme, a buscar una rendija por la cual entrar a mi ser y quedarse ahí, incluso cuando no quiero darle lugar.

Me molesta tu amor.

Me molesta, porque, adentro mío, tu amor llena todos los agujeritos como si fuese cemento, o chicle, y me da rabia sentirme así de bien. Me molesta tu amor porque me agarra y no me suelta. Porque no quiero que me suelte. Porque busca a mi amor y en ese segundo donde me desconcentro con una caricia tuya, perdí. Porque lo quiero, porque lo acepto, porque me lleva a amarte con la misma intensidad.

Me molesta tu amor porque no me molesta en lo más mínimo.

domingo, 19 de mayo de 2019

Un pedacito de mí frente al espejo.

El reflejo de ojos miel cansados,
de pelo inflado y algún grano sin tapar,
de manchas y pómulos desparejos,
asoman por el cuello de la camisa,
amores rotos, voces que gritan.


Mirando atrás veo con nostalgia y claridad.
El sol brillaba más fuerte,
las angustias pesaban menos.
El cuerpo sin suprimir y la voz tranquila,
todo parte de un juego empezando,
un juego que -ahora- preferiría no jugar.


Las risas eran fuertes,
y el invierno abrigaba,
y mamá me hacía trenzas,
pensar dolía cuando era lunes,
y los domingos pasaban sin llorar.


No recuerdo cuándo dejó de ser así.
Los jacarandás ya no florecen,
y mamá ya no me abraza.
Los cuentos se cerraron,
el juego me cansó.
Las pesadillas, moneda diaria,
contra el deseo de despertar,

y que todo sea diferente.

Esquinas que huelen a rodillas lastimadas y deseos para mañana.

Me dejaste con la cabeza rota,
pero la pieza ordenada.
El corazón en pedazos,
y la silla de al lado vacía,
y los muebles limpios.


Un sábado, o domingo, o lunes,
a la mañana, a la tarde,
como cuando estábamos en cero.
Los brazos vacíos,
y el cuerpo cansado,
y los ojos hinchados.


Las esperanzas lejos,
cerca del precipicio, en la esquina,
de las calles que no sé cruzar.
Las ganas de estar bien,
pero también las de arruinarme,
y caerme en esas esquinas y llorar.


Sin un abrazo más,
ni un beso, ni un "buenos días",
ni un "dulces sueños".


Y ojalá que seas feliz,
y la vida te trate bien,
y pueda encontrarte otra vez,
y vos a mí,
y esto sea solo una pesadilla,
de esas de las cuatro de la mañana,
en las que tu palabra, siempre justa,
me calma y me arropa de nuevo.